Música: Peligro de extinción

Hay una especie que, pese a poderse encontrar hasta en los lugares más recónditos del planeta, parece estar en peligro de extinción. O quizá abocada a extinguirse… tal y como la conocemos. Tranquilos, que al fin y al cabo todos, o casi todos, hemos ido martilleando poco a poco los clavos de su ataúd. La especie se llama música pop. Y no, no me sean reduccionistas con las subespecies: pop de popular. Inclúyase toda la música de consumo más o menos masivo: pop, rock, soul, hip-hop, punk, hardcore, reggae, electrocumbia, postdubstep, antifolk… y ya, que me canso. Y ustedes me entienden.
¿Toca hablar del pirateo, entonces? ¿Quizá del boicot y las trabas a las que se somete a artistas, promotores, sellos discográficos, programadores y dueños de salas por parte de los poderes locales y nacionales? ¿De esa supuesta, constante y recurrente falta de creatividad a la que nos vemos abocados según los que no se enteran de la misa la media y/o no se quieren enterar? ¿Tal vez de la incapacidad manifiesta y reiterada de la gran mayoría de los sellos discográficos para adaptarse a las demandas de los consumidores? ¿O de los festivales y salas que revientan aforos tratando al público cual ganado y no ofreciendo servicios mínimos para cubrir mínimamente su seguridad y necesidades básicas?
Pues no. Muchos y variados peligros acechan a la especie pop y a los que lo aprecian, es cierto. Pero esta vez hablaremos de los que torpedeamos al animalito (o lo esquilmamos, por seguir con el símil anti-conservacionista) desde dentro. De los que deberíamos –de una manera responsable- divulgar los secretos, usos y costumbres de la especie en cuestión. Entonemos el mea culpa en  perfecta armonía, compañeros periodistas musicales. Meditemos sobre esta verdad relativa: si la gente no respeta la música es en parte porque nosotros no sabemos enseñarla ni tratarla, ni entenderla, ni cultivarla, ni estudiarla con un mínimo de dignidad.
Vaya por delante: cierto es que dadas las tarifas que se pagan en la mayor parte de los medios de comunicación que abordan esto del pop en mayor o menor medida, es difícil conseguir involucrar en ellos a profesionales de cierta valía. Que los hay, y muchos. Pero es que muchas veces los que se postulan como supuestos críticos musicales parecen estar dedicados en cuerpo y alma a cargarse aquello que más o menos les da de comer… o les da para tabaco… o les da para unas cañitas… o una agüita… del grifo… Vamos, que me van a perdonar pero los periodistas musicales indocumentados brotan cual setas en otoño.
A modo de ejemplo –concretamente el que definitivamente me obligó a escribir esto- señalo al individuo que perpetró la… ¿en algún momento se le puede llamar crítica? del concierto de David Byrne y St Vincent en Madrid para cierto medio. Antes que nada: aquí la Infamia … Bien… O mal, muy mal… ¿Ya la han leído? Sigo, y aunque intento darle a este caballero la menor publicidad posible, necesito comentar alguna que otra cosita. Y añadir que el medio en cuestión tiene su parte de culpa en todo esto por dejarle escribir.
Cierto es que se puede –que se debe, si es menester- tener y mantener una opinión a contracorriente de la mayoritaria. Otra cosa es oír campanas y no saber dónde y no conocer –vamos, desconocer o no entender en absoluto- la trayectoria, la idiosincrasia, la obra o los bailes de aquel al que se pretende criticar. Con gran torpeza, una carga absolutamente innecesaria y casi obscena de machismo, una mala baba inexplicable y una total falta de respeto y comprensión ante lo visto. Pero vamos, si han leído el panfleto y estuvieron en el concierto o han escuchado algo sobre él a sus amistades o familiares… verán con claridad cómo este tipo fue poco más que un bulto sospechoso –y ciego, y sordo- que se debió asomar al Price. Hablando en plata: me niego a pertenecer al mismo gremio que ese señor. Y hablando del gremio: ya si eso, otro día, cuando tenga una opinión más formada, escribo algo por aquí de los de la cerveza.
(Fotos de DJFlow)

Losing My Edge


¿Qué coño me pasa?
Debe ser que, como cantaba -o mejor dicho recitaba- James Murphy en una de las más conocidas canciones de sus LCD Soundsystem: “I’m Losing My Edge”. Vamos, que estoy fuera de onda… anticuado… que he perdido el rumbo de la modernidad. Que ya no estoy al cabo de la calle. Que me he hecho… mayor.
¡Ay!
Sí: llevo unos meses envuelto en una peligrosísima espiral, en una deriva viejuna-progresiva-sinfónica-vanguardista-aislacionista-virtuosista… que pa’ qué. Vamos, que ya ni me salto los solos de batería de los dobles en directo… ¡Si hasta he vuelto a escuchar –y comprarme- discos de jazz! Sí, sí, esa música infernal, y ahora resulta que poco moderna y nada hipster que –según cierto amigo- ni escuchan ni disfrutan las damas.
¿Me merezco escribir este blog?
Confieso: entre el (re) descubrimiento de –pásmense y hasta santígüense si lo ven necesario- Steve Vai, Joe Satriani, Grateful Dead, Jefferson Airplane, King Crimson, Yes, The Residents… y cosas aún peores que me da vergüenza reflejar aquí… ando desempolvando viejas reliquias metálicas y aledañas: ¡ay! esos directos de Rush (miren qué lindos están en la foto, esa mítica contraportada de su tremebundo disco conceptual “2112”) o Iron Maiden.
¿Cómo que no es para tanto?
Pero si es que ayer mismo hablando con unos amigos de la creatividad, las epifanías, la genialidad y la gen… ética me acabé cepillando el espíritu del punk cuando llegué a la conclusión de que para innovar, retorcer, transformar o destruir el lenguaje… hay que conocer a fondo sus reglas. Que la inspiración te tiene que pillar trabajando. Que ya está bien de postureo e impostura. Y que la imagen en el mundo del pop debería ser una cosa secundaria.
Y me quedé tan ancho.
¿Necesitan más ejemplos? Me aburre profundamente todo lo que cuentan de Lady Gaga; no sé cuándo sale el segundo de Lana del Rey; me la pela la repercusión del twerk con lengua de Miley Cyrus. Es más, y esto ya debe ser gravísimo: ¡Casi ni me gusta el último disco de Kanye West! ¿Sabrás perdonarme, San Pitchfork Mártir? ¿Tengo remedio? Pues sin duda, lo peor de todo, es que… verán… ¿cómo decirlo?

¡Ah, sí! Que NO me arrepiento ni un poquito.