JazzMadrid17: Cuartetos

Dos visitas dos a la nutrida, interesante y variada programación de un JazzMadrid17 (léase aquí toda la información) que se extiende del 2 al 30 de noviembre. Jean-Luc Ponty Band y Medeski’s Mad Skillet. Dos cuartetos valientes, suculentos y sobrados de propuesta, discurso, buenas maneras y virtuosismo que escapan sutilmente a definiciones y compartimentos. Valientes.

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Lo diré de golpe y de tirón: con Jean-Luc Ponty (8 de noviembre) disfruté más de lo esperado. Un repertorio en su punto justo de cocción. Rebajando la mochila mística que indican títulos históricos como “Imaginary Voyage”, “Enigmatic Ocean” o “Cosmic Messenger”, matizando la matraca de sintetizador ochentero que casi echa a perder discos como -ay ese título, otra vez: “Mystical Adventures”– y equilibrando temas nuevos y prometedores -quiero disco YA- con el repertorio de esos exitosos “Atlantic Years” que han dado combustible a otra de las tres facetas/giras que ha cultivado en 2017; la tercera, junto a Kyle Eastwood, contrabajista, hijo de Clint y presente en este mismo JazzMadrid17, aunque por separado. Y yo (disculpen mi ignorancia) que le creía semi retirado.

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De retiro, nada. Ponty desembarcó en el Fernán Gómez haciendo gala, exhibición y fuerza de un cuarteto más acústico de lo que se -o al menos yo- podía esperar: parco en parafernalia de pedalera para su violín, apelando también a sus trabajos de los 60 e incluso citando un tema de Zappa -con quién colaboró en directo y en discos legendarios como “Hot Rats” o “Apostrophe”– en un momentito del bis. Sus músicos oscilaron entre lo deslumbrante -el batería, Damien Schmitt, construyó un solo estratosférico-, lo cómplice -se notan los muchos años pasados al lado del teclista, William Lecomte– y lo eficaz, caso del bajista –Swaeli Mbappe, hijo del cuasi mítico “fusionero” de los guantes, Etienne– que sin brillar en exceso, sostuvo a conciencia el armazón rítmico. Sorpresa, sorpresa…

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El desmelene definitivo llegó cortesía de otro cuarteto: la loca sartén de Medeski, o sea, Medeski’s Mad Skillet. Madre mía, madre mía, lo que John y los suyos (Julian Addison a la percusión, Will Bernard en la guitarra y el inefable Kirk Joseph -una de las cabezas visibles (nunca mejor dicho dado su instrumento) de la Dirty Dozen Brass Band– en el sousafón) cocinaron la noche del 12 de noviembre en el Fernán Gómez estuvo exquisitamente especiado, rebosante de sabor, en su punto de sal y azúcar. Y es que como buen grupo parido en Nueva Orleans, este Mad Skillet es contundente y polirrítmico, y te levanta en cada recodo. En un pis pas lo mismo le pegan al jazz criollo que se disparan al funk cósmico, viajan al jazz interplanetario –“Space is the place”, recuerda Joseph antes de que se claven una versión del “Golden Lady” de Sun Ra– se piran bailando al jazz latino de alto octanaje o, sin previo aviso, te plantan un cimiento abstracto sobre el que construyen, capa a capa, un rascacielos de groove ¡Cielos!

Y entonces el amigo Kirk (todo un carácter, Nueva Orleans le corre por las venas) le arrea al wah wah (alucinante: la pedalera del sousafonista -que no saxofonista, como dice el programa del festival- se podría hacer amiga de la de Kevin Shields o cualquier shoegazer de postín) y los graves se te pegan al estómago como un gumbo bien cocinado. Se inventa unos solos cautivadores con tres notas y dos pedales que te dejan picueto y, en mitad de la elaboración, te cita a la vez y de tirón -como el que no quiere la cosa- las melodías y las líneas de bajo de “Chameleon” (Herbie Hancock) e “If You Want Me To Stay” de Sly Stone y la familia.

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No, no me olvido de Medeski, (re) o (des)ordenando la locura de su loco Skillet mientras tararea sus magníficas excursiones de notas y baila -literalmente- atacando a su piano o -aún mejor- su maravilloso y muy característico Hammond; ni de Will Bernard exprimiendo agudos y quemando pedal cual guitar-hero sin apartarse ni un momento de la máquina que hace groove; ni mucho menos de Julian Addison, un portento a la batería, estirando y vacilando los ritmos hasta lo líquido; inenarrable, sobrado en eso de repartir estopa y surtiendo al cuarteto de ritmos ora criollos, ora fusionados, ora de un funk que no se puede aguantar. Qué cosa más buena.

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